sábado, 4 de abril de 2009

Inventar palabras, poseer el mundo

En algún momento del siglo pasado lo inventaron. Me refiero al techo de los automóviles que se retrae hasta dejar descubiertos al conductor y al copiloto. No nació en ningún país hispanohablante, así que, para nombrarlo, podíamos cortar la palabra tal cual y pegarla en nuestra lengua: el sunroof, pues. No cuadraba bien: es totalmente opaca para quien no habla inglés y ... ¿cómo la hubiésemos pronunciado? ¿súnrof, sonruf, sonru? Otra posibilidad era escribirla aproximándonos al sonido original: sonruf. Se ve rarísimo y es chirriante al oído. Va otra: techo solar, es decir la traducción del idiota que, cual máquina, calca. Ninguna de esas “soluciones” fue la adoptada. Se hizo lo que hay que hacer: apropiarse del objeto sin complejos desde la chispa y el genio del hablante... y entonces nació el quemacoco.

¡Cuántas ventajas tiene el quemacoco! La primera: hace aflorar una sonrisa en quien la oye. Es decir, tiene gracia. Por ello desajeniza —permítaseme el neologismo— lo designado, lo incorpora al tejido de nuestra cultura. Otra: todos la podemos pronunciar. Y claro, puestos en contexto, todos la entendemos porque es transparente: nadie queda excluido.

El antiejemplo de esto es lo que te dan en Caracas cuando embarcas en el avión: el boarding pass. Así está escrito en el cartoncito en cuestión, que en el habla se transforma en “bordinpá” o “bordinpáj”. ¿Sentirán quienes así proceden que se acercan a una tribu superior, que se alejan del atraso, que acceden a la modernidad? ¿Será simplemente crasa ignorancia de las posibilidades de la lengua? Claro, en otros sitios la llaman tarjeta de embarque: calco, refrito, pero por lo menos se entiende. Ahora, la verdadera música la oí en Bogotá, cuando al entregarme el objeto que nos ocupa, me dijeron: su pasabordo, señor. Casi con lágrimas de emoción, repliqué: ¡gracias, señorita!

Y ya que estamos en aeropuertos, hablemos de las chicas que atienden en los aviones. Cuentan que cuando nacieron se llamaban stewardess y que cuando el oficio llegó a Venezuela, las que habían de asumirlo, dando prueba de un tino absoluto, decidieron que sonaba impronunciable, que era inescribible, que resultaba inentendible, que mejor era aeromoza, como las llamamos en nuestro ardiente trópico.

El tema tiene infinidad de implicaciones, pero una cosa está clara: cuando una cultura está llena de complejos, sus hablantes dejan de crear nuevas palabras. En cambio, cuando se siente segura de sí misma, tiende a darle la vuelta a los fenómenos para nombrarlos desde y para su marco. Quien está acomplejado a nada se atreve, toma las cosas como se las dan, pensando fatalistamente que así es el mundo, que no hay nada que hacer. Pero quien, con desenfado y curiosidad juega con las cosas y las palabras —quemacoco, pasabordo, aeromoza— termina por apropiarse simbólicamente del mundo, lo vuelve suyo, nada le es ajeno si así lo desea... ni siquiera el béisbol, juego de origen totalmente anglosajón, lleno de tecnicismos, para cuyas múltiples jugadas los hablantes de los estadios han encontrado un vocabulario paralelo desde la euforia de las gradas que, combinado a la picardía con la que se lo juega por aquí, lo ha hecho un deporte absolutamente nuestro.

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