La incorporación de Venezuela al Mercosur, con la cual este bloque llega
hasta el Caribe –mas sin acceso al Pacífico− da la ocasión de abrir un debate vital
para Hispanoamérica. ¿Es Mercosur el esbozo de nuestra casa grande o un mero intento
de hegemonía brasileña? ¿Se puede en el seno de este mecanismo contrarrestar al
gigante amazónico o debe más bien optarse por un esquema sin Brasil? ¿Dónde
quedan países clave como México y Colombia? Responder estas preguntas es vital
para encontrar nuestro sitio en un mundo cuyos grandes reacomodos retan la
imaginación política.
Nuestra convicción es que la amplia base lingüístico-cultural hispanoamericana,
por su especificidad y talla, es el punto de apoyo adecuado para negociar en
forma óptima nuestro lugar en este siglo.
Dos enlaces hacia el texto completo aparecido en el Papel Literario de El Nacional el 11/11/2012:
La página tal como apareció en el periódico:
https://dl.dropbox.com/u/6040631/Papel%20Literario%20Mercosur%20o%20Hispanoam%C3%A9rica.pdf
Sólo el texto:
https://dl.dropbox.com/u/6040631/S%C3%B3lo%20texto%20Mercosur%20o%20Hispanoam%C3%A9rica.pdf
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domingo, 11 de noviembre de 2012
sábado, 7 de enero de 2012
Los jóvenes se manejan con 240 palabras en total. ¿Hay que hacer algo al respecto?
El Diario Clarín nos indica que, de acuerdo a un cálculo de la Academia española de la lengua actualizado al 2010, mientras “un ciudadano medio utiliza entre 500 y 1000 palabras” del español para comunicarse cotidianamente, los jóvenes usan un 25%, “algo más de 240”. El castellano cuenta con casi 100 mil vocablos, o sea que, de ese gran abanico de posibilidades, utilizan un 0,03%. Converso sobre el tema en "El mundo de la Ñ". Pincha el siguiente enlace:
http://dl.dropbox.com/u/6040631/j%C3%B3venes%20140%20palabras%20%204%201%2012.mp3
o la edición del 4 de enero de 2012 del programa "Un idioma sin fronteras" de Radio Exterior de España:
http://www.rtve.es/podcast/radio-exterior/un-idioma-sin-fronteras/
http://dl.dropbox.com/u/6040631/j%C3%B3venes%20140%20palabras%20%204%201%2012.mp3
o la edición del 4 de enero de 2012 del programa "Un idioma sin fronteras" de Radio Exterior de España:
http://www.rtve.es/podcast/radio-exterior/un-idioma-sin-fronteras/
miércoles, 4 de enero de 2012
Piden que el español sea materia obligatoria en Jamaica
Conversación que analiza artículo de la prensa de Kinsgton, Jamaica, en el que se solicita hacer el español lengua obligatoria en la escolaridad de la isla. Llama la atención por el hecho de que, a pesar de poseer la lengua más internacional del mundo, el inglés, como lengua materna, los jamaiquinos empiezan a sentir la necesidad de hablar también español para interactuar mejor con su contexto inmediato. Fue emitida por Radio Exterior de España el 21/12/11. He aquí el enlace:
http://dl.dropbox.com/u/6040631/Mundo%20%C3%91%20Jamaica%2021%2012%2011.mp3
http://dl.dropbox.com/u/6040631/Mundo%20%C3%91%20Jamaica%2021%2012%2011.mp3
martes, 9 de noviembre de 2010
No somos inquilinos de nuestra lengua
Corría el año 1969. Una brisa fresca y un cielo gris presagiaban el otoño. Estaba en la calvinista Ginebra a las puertas de una escuela desconocida. Me sentía como paracaidista a punto de saltar hacia la oscuridad de un territorio enemigo. Como solo escudo poseía una frase que indicaba mi ignorancia del francés: “ye ne parle pa fransé”. Así, sin el más mínimo esfuerzo por adecuar mi pronunciación. Tras ello agregaba, de brazos cruzados y alzando la barbilla: “ye parle español”. Sin entender una palabra, llegué al salón de clases donde se hallaban quienes me acompañarían todo un año. Eran de procedencia muy diversa: suecas, egipcios, pakistaníes, estadounidenses... y uno de ellos, Jorge, venía de España. Hablaba también español. Yo lo entendía. Pero… al no más escuchar su acento, lo declaré enemigo. Resonaban en mí las lecciones de historia patria, sobre todo el Decreto de Guerra a Muerte, sí señor. Recuerdo una mañana de hojas secas al viento, un recreo específico. Acorralé a Jorge y, cosa excepcional, le dirigí la palabra: supo así cómo Bolívar había hecho justicia en estas tierras, expulsándolos a ellos, diablos de cuernos y tridente a quienes sólo el oro interesaba. Jorge me miraba boquiabierto.
Este episodio autobiográfico me interesa como muestra representativa de algo grave y extendido entre nosotros: el sordo resentimiento, la constante infravaloración, cuando no el llano odio hacia lo que tenga su origen en España, más allá de los bonitos discursos, cuando los hay. Insólito despropósito si consideramos que hablamos la misma lengua en culturas marcadas por el catolicismo: dos coordenadas esenciales a la hora de procesar la realidad y generar sentido.
¿Cuánto nos lastra lo anterior? Es incalculable. Mucho más fluidos serían nuestros procesos de no escupir sobre nuestra herencia, cualquiera sea su origen: ello equivale a hacerlo sobre nosotros mismos. De lo que se trata es de tomar plena posesión, integrar, dar pleno uso.
En este sentido un certero camino viene recorriendo la Asociación de Academias de la Lengua Española, la cual nos agrupa a todos, desde España hasta Filipinas, desde Estados Unidos hasta Chile. En efecto, el gobierno del corpus de la lengua no es ya un asunto colonial en el que Madrid decide y nosotros acatamos, como si fuésemos inquilinos de nuestro idioma. Ahora, todo lo atinente a gramática, léxico y ortografía viene trabajado por todos y rubricado con el sello de la Asociación, teniendo en cuenta la legítima diversidad y la necesaria unidad. Así, el decir “diccionario de la Academia”, queriendo decir de la Real Academia Española, sin negar el rol fundamental que ésta juega en la orquesta, se aleja cada vez más de la realidad: la plural autoría. Y así debe ser: en la foto de 2010 el español puede ser descrito como una lengua americana de origen ibérico, dado que en esta orilla se encuentra el 90% de sus propietarios y parte esencial de la obra que con ella se hace.
Otro camino recorre, por ejemplo, el portugués, cuyos estándares no logran ser consensuados entre Portugal y Brasil. O la quimérica intercomprensión en el mundo de habla árabe…que, según algunos, comienza incluso a despuntar en el mundo angloparlante a fuerza de mucho abarcar y poco apretar.
Nosotros, en cambio, contrariamente al niño que fui, hemos decidido hablar con Jorge. Gana él… y ganamos nosotros.
viernes, 9 de abril de 2010
Invierta en El Español C. A.
Imagine que usted es dueño de una operadora de telefonía. Un día se entera de que las otras operadoras comienzan a ofrecer nuevos servicios, muy demandados por cierto. Usted, en lugar de ponerse al día y ofrecer los mismos o mejores, les dice a sus clientes que, de desearlos, deben dirigirse a esas otras operadoras... y ello a pesar de disponer usted del capital y las competencias para ofrecerlos. A los pocos meses baja el número de suscriptores. Al año se halla usted en la quiebra. Insólito. Curiosamente, esto se parece en algo a lo que hacemos los hispanohablantes de América con nuestra lengua.
Expliquémonos. Las lenguas funcionan como redes. Es más: son redes. Sus “suscriptores” son los hablantes. La mayoría de ellos se halla en un puñado de ellas porque les ofrece muchos “servicios”: sentido de identidad, comunicación, información, educación, perspectivas laborales, diversión, placer estético. Además, estos “servicios” se dan en relación con muchos otros “suscriptores”, a los cuales nos hallamos conectados, con los cuales podemos intercambiar sin traba alguna, ya que comparten el mismo código.
El inglés y el español se hallan entre las cinco lenguas más equipadas del mundo, de un total de 7.000. Son capaces de nombrar ya un amplísimo abanico de la humana actividad. Y, como todo idioma, poseen recursos dentro de sus sistemas lingüísticos para colmar cualquier vacío, es decir, generar cualquier “servicio” que no estén ofreciendo. Ahora bien, la inmensa diferencia con casi todas las lenguas del mundo es que el inglés y el español poseen los recursos humanos (académicos, lingüistas, profesores, maestros), materiales (presupuestos de academias, ministerios de educación, universidades y medios de comunicación que generan diccionarios, gramáticas, manuales de estilo, métodos de enseñanza) y jurídicos (legislación para determinar cuál es la lengua del Estado, cuál la de la educación, cuál la de un ámbito, cuál la de otro) para realizar las actualizaciones necesarias y que éstas encuentren una efectiva ejecución. En otras palabras, de quererlo, podemos tener en español todos los “servicios” que ofrece el inglés. ¿Por qué entonces gastamos ingentes sumas, no en equipar el español, sino en intentar, quiméricamente, que nuestros hablantes, en forma masiva, aprendan inglés? El resultado real de esta política, en general, es un pésimo nivel de inglés a la salida del bachillerato y la lengua propia infravalorada e infraposeída.
Imaginemos que invertimos en nuestra red: el español (basta con reasignar los recursos económicos hoy despilfarrados, no hacen falta nuevos). Formamos mejor a los maestros, ellos enseñan efectivamente a nuestros muchachos a leer, escribir y hablar, éstos encuentran en su lengua bien aprendida todos los “servicios” que necesitan y se entienden efectivamente con millones de “suscriptores”. ¿Y el inglés? No hará la falta que hoy hace. Será una opción abierta para aquellos que tengan una admiración especial por la cultura que en esa lengua se forja o para aquellos que, por razones profesionales, la necesiten (profesores, traductores, intérpretes).
Parece un sueño, pero lo curioso es que es mucho más barato y útil que lo que hoy generamos. Y totalmente viable.
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lunes, 18 de enero de 2010
El español para llegar al siglo XXII (22)
Vivimos en un mundo interdependiente: yo dependo de tu tecnología, que sé que tienes, tú de mi petróleo, que sabes que tengo. Se acabaron los vallecitos aislados, las cabeceras de ríos inaccesibles en medio de la jungla que permitían el ensimismamiento, la homeostasis: basta hincar una parabólica en medio de la aldea para poner en peligro los cuentos del abuelo en torno a la fogata. Cruje el mundo por todas partes y los menos fuertes van siendo arrollados.
Las grandes empresas toman nota: dan fe de ello las megafusiones. Las potencias intermedias buscan cohesionarse entre sí: con altibajos los europeos avanzan hacia una construcción que les dará más fuerza en los asuntos mundiales. Las potencias que despuntan, luchan por mayores espacios: Brasil busca cohesionar a Suramérica y está a punto de conseguir un sillón permanente (¿con derecho a veto?) en el Consejo de Seguridad de la ONU.
¿Y los hispanohablantes de América? Un archipiélago de 19 Estados que no pesa en la balanza de los asuntos mundiales como debería. Nos agotamos en discusiones del tipo... ¿qué viene primero, la política o la economía? Olvidémonos —por un instante— de ellas. No pensemos —por un momento— en términos de Estado, sino en términos de nación, es decir, ese conjunto de personas cuyo razonable denominador común en cultura y tradiciones los lleva a vivir juntos. Si nos centramos en el mapa de la cultura, apreciaremos nuestra cabal actualidad y potencialidad. Veremos, claramente delineado, un inmenso territorio contiguo, cuyos pobladores son lo suficientemente distintos a los otros y parecidos entre sí como para buscar, ahora sí, un cuerpo político y económico. Somos la nación más grande que existe en el mundo... que no se ha constituido como Estado.
No hablamos aquí de pamplinas románticas, aéreos idealismos, ofensivas ideológicas o nacionalismos trasnochados. No se trata aquí de ir a la conquista de nadie. Sólo queremos tomar nota de que la globalización nos pone en las calles de Pekín, Tokio, Nueva York, Berlín y de que, el transitar por ellas, nos da la clara sensación de que somos distintos y menos poderosos... y ello puede hacer peligrar, en nuestro caso, ese punto de equilibrio que hace fuertes a las culturas: el constante cambio sin pérdida de la continuidad. Léase Francia. Léase Japón.
Los hispanohablantes de América debemos ir a la búsqueda de ese punto de equilibrio. Nos será muy difícil llegar a él sin trascender el archipiélago actual: el punto se negocia desde la propia fortaleza. El resultado de fracasar podría ser un amasijo de pitiyanquismo y marginalidad salpicado de fundamentalismos. Pero allí está la lengua, el cemento fundamental de estos ladrillos dispersos. Con ella podemos construir la casa grande, de sólidas fundaciones, de ventanales abiertos a los cuatro vientos. La casa que nos permitirá llegar al siglo XXII asociados a la humanidad y reconociendo a nuestros ancestros.
Las grandes empresas toman nota: dan fe de ello las megafusiones. Las potencias intermedias buscan cohesionarse entre sí: con altibajos los europeos avanzan hacia una construcción que les dará más fuerza en los asuntos mundiales. Las potencias que despuntan, luchan por mayores espacios: Brasil busca cohesionar a Suramérica y está a punto de conseguir un sillón permanente (¿con derecho a veto?) en el Consejo de Seguridad de la ONU.
¿Y los hispanohablantes de América? Un archipiélago de 19 Estados que no pesa en la balanza de los asuntos mundiales como debería. Nos agotamos en discusiones del tipo... ¿qué viene primero, la política o la economía? Olvidémonos —por un instante— de ellas. No pensemos —por un momento— en términos de Estado, sino en términos de nación, es decir, ese conjunto de personas cuyo razonable denominador común en cultura y tradiciones los lleva a vivir juntos. Si nos centramos en el mapa de la cultura, apreciaremos nuestra cabal actualidad y potencialidad. Veremos, claramente delineado, un inmenso territorio contiguo, cuyos pobladores son lo suficientemente distintos a los otros y parecidos entre sí como para buscar, ahora sí, un cuerpo político y económico. Somos la nación más grande que existe en el mundo... que no se ha constituido como Estado.
No hablamos aquí de pamplinas románticas, aéreos idealismos, ofensivas ideológicas o nacionalismos trasnochados. No se trata aquí de ir a la conquista de nadie. Sólo queremos tomar nota de que la globalización nos pone en las calles de Pekín, Tokio, Nueva York, Berlín y de que, el transitar por ellas, nos da la clara sensación de que somos distintos y menos poderosos... y ello puede hacer peligrar, en nuestro caso, ese punto de equilibrio que hace fuertes a las culturas: el constante cambio sin pérdida de la continuidad. Léase Francia. Léase Japón.
Los hispanohablantes de América debemos ir a la búsqueda de ese punto de equilibrio. Nos será muy difícil llegar a él sin trascender el archipiélago actual: el punto se negocia desde la propia fortaleza. El resultado de fracasar podría ser un amasijo de pitiyanquismo y marginalidad salpicado de fundamentalismos. Pero allí está la lengua, el cemento fundamental de estos ladrillos dispersos. Con ella podemos construir la casa grande, de sólidas fundaciones, de ventanales abiertos a los cuatro vientos. La casa que nos permitirá llegar al siglo XXII asociados a la humanidad y reconociendo a nuestros ancestros.
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